No es el cuento de caperucita roja, ni tampoco el de la bella y la bestia, simplemente es ambos y a la vez ninguno. Así me fue contado y así os lo cuento. Érase una vez en una alejada colina, un reino en el cual habitaba un robusto rey, llamado Demián acompañado siempre de su esbelta esposa Sophia, ambos compartían en común un gran amor, su hija y princesa Lucy, jovial, traviesa y altruista con su pueblo, siempre bien arreglada con su atezada melena más negra que el firmamento sin estrellas, penetrantes ojos en el que se podía ver el vasto océano, fulgurante sonrisa que centelleaba hasta en la noche más oscura. Como cada mañana, la princesa salía al bosque, en busca de frutas y bayas para los más necesitados de su pueblo, antes de emprender camino, despedía a sus padres y estos siempre lo hacían con una advertencia de cuidado con las feroces bestias del bosque. Danzando y cantando le perseguía al compás un aura de pájaros, mientras tanto recogía Grosellas, Arándanos entre otras. En la distancia, se escucha el movimientos de las plantas, al parecer algo se escondía detrás de ellas, la princesa, asustada, torno la vista hacia dónde provenía el ruido, de repente, enmudeció al ver salir del follaje aquellas horripilantes fauces que poco a poco se acercaban a ella con gran rapidez, era el lobo, atemorizada al ver iracunda bestia, tira su cesta y corre despavorida, adentrándose en el bosque, la persecución ,que dura unos minutos, se irrumpe con un pavoroso estruendo capaz de hacer volar a los pájaros de sus ramas. Ambos cayeron en una trampa que los cazadores siempre hacen para atrapar al feroz lobo, este audaz y astuto salióse sin problemas, más al ver a la princesa inconsciente se apiado de ella llevándola a su humilde morada. Cuando Lucy recobra el conocimiento, al ver el rostro del lobo, grita hasta quedar sin aire, tapándose sus grandes orejas el lobo, dice: - ¡Cállate! No quieras dejarme sordo-ella temblorosa y pálida, contesta: - Me vas a comer, lobo, si ha de ser así, que sea rápido e indoloro-el lobo contesto, clamo y burlón- Eso pensaba hacer hace un momento, pero al verte tirada, herida en el suelo, mi alma se apiado de tu cuerpo. Mientras se fue a por frutas para la princesa, esta quedo sumida en un sueño, al despertar los habitantes del boque le dieron la bienvenida, alegre y sorprendida comenzó una fiesta, a la que ella se unió, sus heridas sanaron y se olvidó de lo ocurrido, cayo la noche y la princesa y el lobo fueron a su guarida a tomar descanso. El lobo la miro fijamente, esta le devolvió la mirada, se acercaron mutuamente, él la beso y ella respondió, ambos se fundieron en un beso incandescente, pero algo irrumpió el romance, eran pasos a lo lejos del bosque, las tropas del preocupado rey se adentraban en el bosque a rescatar a su querida hija. - Ven a palacio conmigo, mi padre lo entenderá, no negara un amor tan intenso como el nuestro- dijo la princesa en tono esperanzador- - Mi naturaleza está en el bosque princesa, los lujos no son para un lobo como yo, necesito de libertad de árboles y animales, para poder vivir, en esta vida. El lobo sabía que a pesar del amor que ambos se tenían, sus naturalezas eran distintas, ni palacio para él ni bosque para ella podrían jamás ser. El paso de las tropas se acrecentaba a su guarida, el lobo le robo un último beso de despedida y huyó corriendo bosque abajo, la princesa en acto de seguirlo, tropezó con las raíces de un árbol, quedando inconsciente en el suelo, las tropas acudieron a su rescate y al palacio la llevaron, pasaron días hasta que su hija por fin del sueño despertase. Al abrir azules ojos vio las preocupadas caras de sus padres: -¿Qué ha pasado padres?- contestó, Lucy somnolienta -Hija, menos mal que estas con vida, apareciste en el bosque caída y rezamos por ti en estos días para ver si recobrabas la vida, dios escucho mis suplicas y al fin has despertado, ¿Qué ha ocurrido en el bosque, cariño mío?- responde en gracia su querido padre- -Padre, Madre siento haberos preocupado, más en el intento del recuerdo no hayo ninguno, mis últimos pensares fueron en el bosque mientras cogía frutas y bayas al canto de los pájaros que me rodeaban- A medida que pasaban los días la princesa mejoraba, más su memoria nunca se acordaba de lo sucedido aquel día en el bosque, pasaron los años y la princesa con un apuesto príncipe se casó, con el que tuvo preciosos hijos y también reinó, sin embargo, se dice del lobo que en días de luna llena aun, y todavía hoy, aúlla por el amor de su princesa aun que esta jamás sepa porque aúlla el lobo en luna llena. Espero que les haya gustado

El encarcelado

Triste y lloroso estaba el rostro del escuálido encarcelado, apenado con su cara sobre salida entre los barrotes, aclamaba la razón de su castigo en aquella fría celda, encontrada en la mas remota selva que entre oscuro follaje era incapaz de verse ni tan siquiera algún hierro; noches y días aquel encarcelado su cordura perdía, al pensar si tal vez se tratara de un espejismo o de una pesadilla, en vacía celda solo le acompañaba una caja, este siempre intento abrirla, con fuerza, ira, desesperanza, mas por muchos intentos, su energía se debilitaba consiguiendo así que el llanto y la tristeza dieran paso hasta el ocaso. Inherte yacía sobre el suelo, tristeza y pena se fueron y dieron lugar a un profundo sueño, espíritus del bosque se le aparecieron, sorprendido explico lo sucedido, ellos rieron no en acto de burla sino de sabiduría pura, aconsejaron a este, primer cimiento para su intencionado camino, dijeron lo siguiente: - Deberas permanecer 7 días y 7 noches, sentado, espalda erguida y pies cruzados, mas no lloraras ni tampoco te reprocharas, las quejas has de olvidar, los pensamientos deberán pasar cual río desemboca al mar, sin respuesta que buscar, solo tienes la tarea de inspirar y expirar. Tras extática oníria, cual hormiga ordenada por su reina, comienza ardua tarea. En primeros días, articulaciones y huesos queman su concentración, ardiendo en dolor, mas persistencia y pasión hicieron de él inamovible jarrón, pasaron días ya no dolía el cuerpo sino el corazón, pensamientos se aglutinaban en su presente que no dejaba descansar la mente, intento domar el fiero toro, sin embargo, nunca lo logro atrapar, ni tan siquiera cazar, siguió pensante, hasta en el intento desistió y se acordó de sabias técnicas que los eruditos les mostró, en la respiración, pasaron estampidas de pensamientos, mas no cazó ni atrapó, solo calmo vio pasar, a sus rebaños. En últimos días de la profecía, en reposado cuerpo y sentada mente, el alumno descubrió, que su caja de herramientas se abrió, con la misma que su celda construyó, una vez roto culpables barrotes, el apenado se liberó, mas no solo su caja se abrió, sino también su corazón al descubrir que su retención era causa única e individual y que el podía elegir entre quedar o mudar. Algunas veces nos vemos, como el personaje, atrapados entre barrotes con desesperación por salir, perdiendo fuerzas de manera inútil, quizás relajarse y sentir el pasaje por el que pasamos nos hace darnos cuenta que en la quietud también esta la fuerza, así descubrimos, una vez salimos que los barrotes y nosotros somos uno mismo, mas poder de la elección no solo reside en la razón sino también en el corazón.

El hombre y su desierto

Iba caminando por el árido desierto, cansado, anduve como si tuviese plomo, en busca del agua para mi secante sed, en ocasiones vislumbre parajes inolvidables, lagos cristalinos aceleraban la poca saliva que mi boca guardaba, para mi sorpresa tras un breve tragó, descubría que era la ilusión de polvo y viento que engañaba a mis ojos, seguí caminando y a veces tras tragos me daba cuenta de los espejismos a veces no, pero jamás termine de saciar mi rebelde sed, anclado de rodillas en la movediza arena de aquel desierto, sin ápice de fuerzas, miro al horizonte y algo me destella en los ojos de manera fulgurante, agacho la cabeza y suscitó una carcajada, había llevado en toda mi andadura por este árido mar, aquella cristalina redoma llena de pura agua. Algunos beben el agua y el espejismo desaparece, aunque vuelven a suceder; otros pasan su vida en el desierto, sin ver su propia agua; algunos se dan cuenta y se la beben. ¡se tiene más por ciego al que no quiere ver que al que no puede!